Las palabras tienen poder
¿Nuestra manera de hablar edifica o destruye?
Todos conocemos esos dichos que transmiten pequeños consejos útiles para la vida diaria, como “Una manzana al día mantiene al médico en la lejanía” y “No hay mal que por bien no venga”. Aunque algo trillados, revelan reglas sencillas para vivir: comer alimentos saludables y buscar lo bueno en cada circunstancia. Sin embargo, hay una de estas frases tan repetidas que nunca ha resonado conmigo: “Los palos y las piedras pueden romper mis huesos, pero las palabras nunca me harán daño”.
¿Por qué no me gusta? Aunque puedo apreciar el deseo de enseñar a los niños a ser resilientes y fuertes frente a los insultos o al mal uso del lenguaje, también es sumamente importante comprender cuán poderosas y dañinas pueden ser nuestras palabras. La manera en que hablamos y lo que decimos realmente importa; por eso, como discípulos de Jesús, debemos prestar mucha atención a lo que la Escritura nos revela sobre el lenguaje adecuado.
Todos conocemos el octavo mandamiento, que prohíbe mentir o levantar falso testimonio; pero veamos qué más nos dice la Escritura sobre este tema.
- La Carta de Santiago, cap. 3, ofrece descripciones fuertes y conmovedoras sobre cómo la lengua nos afecta a nosotros y a quienes nos rodean: “Y la lengua también es un fuego… con ella bendecimos al Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, hechos semejanza de Dios” (6-9). Santiago también compara la lengua con el freno del caballo y con el timón de un barco, imágenes que ilustran el considerable control y el poder de dirección que tienen nuestras palabras.
- En el Evangelio de Mateo, Jesús dice: “De la abundancia del corazón habla la boca” (Mt 12, 34). Nuestras palabras revelan nuestro corazón; por eso debemos permitir que el Señor siga transformándolo, ya que esa transformación impactará cada aspecto de nuestra vida.
- San Pablo escribe en su Carta a los Efesios: “Que ninguna mala palabra salga de la boca de ustedes; lo que digan, que sea provechoso para edificación del que tiene necesidad y así harán el bien a sus oyentes” (4, 29).
Aunque el chisme, la difamación, la vulgaridad y el humor inapropiado pueden resultar tentadores, como discípulos de Jesús estamos llamados a resistir esos impulsos y a purificar nuestro lenguaje. Antes de hablar, considera con atención si tus palabras están dando vida o destruyéndola. A veces podemos sentir que no tenemos control sobre muchos aspectos de nuestra vida; sin embargo, sí tenemos control sobre lo que elegimos decir. Seamos, entonces, vigilantes en dominar la lengua.
Habla para dar vida, afirma con generosidad, corrige con amor y comprométete con una manera de hablar digna de un seguidor de Cristo. Recuerda que un palo puede romper un brazo, pero una palabra cruel puede herir el corazón.
Pete Burak es vicepresidente de Renewal Ministries. Tiene una maestría en teología y es un orador frecuente en eventos para jóvenes y adultos jóvenes.