Dardos de oración
La clave para rezar siempre
La clave para rezar siempre
De niña, cuando necesitaba un almuerzo en bolsa marrón, la parte superior de la bolsa estaba doblada hacia abajo y mi nombre estaba escrito dentro de un corazón elegante, pero caprichosamente esbozado. De vez en cuando, también había otras sorpresas. A veces bailaban dibujos en el exterior del papel, y un pequeño mensaje decía “Te quiero” o “Que tengas un buen día”. Estas pequeñas muestras de amor siempre me arrancaban una sonrisa.
De niña, cuando necesitaba un almuerzo en bolsa marrón, la parte superior de la bolsa estaba doblada hacia abajo y mi nombre estaba escrito dentro de un corazón elegante, pero caprichosamente esbozado. De vez en cuando, también había otras sorpresas. A veces bailaban dibujos en el exterior del papel, y un pequeño mensaje decía “Te quiero” o “Que tengas un buen día”. Estas pequeñas muestras de amor siempre me arrancaban una sonrisa.
A menudo expresamos nuestro amor a los que nos importan de pequeñas maneras. Piensa en alguna ocasión en la que hayas enviado una nota o un mensaje de ánimo a un amigo, o hayas dejado notas de amor por la casa o en loncheras para que las descubran tu cónyuge o tus hijos.
Los padres del desierto —antiguos monjes cristianos que vivían en el desierto— tomaron medidas similares respecto a la oración. Tan grande era su deseo de meditar siempre sobre Dios y de tenerlo continuamente presente, que abandonaron todo y huyeron al desierto. Sin embargo, seguían encontrando dificultades. Como nosotros, sus mentes divagaban y se cansaban. En vez de desear a Dios, sus pensamientos se distraían o se preocupaban por su trabajo, por el éxito de sus cosechas o incluso por el calor del día.
Para remediarlo, los monjes pronunciaban “dardos de oración” —frases breves rezadas a lo largo del día— para elevar sus corazones y mentes hacia Dios. Se dieron cuenta de que esta era la clave de la oración: ¿qué mejor manera de recordar a Dios que hablar con él con frecuencia? A lo largo de muchos años, esta práctica ayudó a los padres del desierto a crecer en la conciencia continua de la presencia de Dios, permitiéndoles “orar sin cesar” (1 Ts 5,17).
San Benito, fundador del monacato occidental, se inspiró más tarde en la sabiduría de los padres del desierto al elaborar una regla para sus monjes. Benito señala que la oración de un monje debe ser “pura y breve”. Debe estar salpicada de oraciones frecuentes y sentidas, en lugar de largos periodos de meditación. De este modo, el monje reza sea cual sea su tarea: habla con Dios cuando labra la tierra, cuando camina hacia su celda, cuando copia un manuscrito o cuando ofrece hospitalidad.
En su Introducción a la vida devota, San Francisco de Sales llama a estas breves oraciones “pequeños dardos de amor”.
Hoy las llamamos “jaculatorias”. Puesto que la oración, como nos recuerda Santa Teresa de Ávila, es “un compartir íntimo entre amigos”, rezar jaculatorias con frecuencia nos ayuda a compartir nuestras circunstancias actuales con Dios y le invita a participar en nuestras actividades cotidianas, lo que hace crecer nuestra amistad con él. En esencia, es decir lo siguiente: “Estoy pensando en ti, Dios: esto es lo que estoy haciendo y experimentando. Por favor, acompáñame. Quiero estar contigo”. Adoptar esta práctica insufla vida a nuestro día (como sugiere el nombre “jaculatoria”); pues la oración, el aliento del alma, es tan necesaria para el alma como lo es el aliento para el cuerpo.
Como los padres del desierto, también nosotros podemos pensar siempre en Dios. Pero no hace falta que escapemos al desierto. Sea cual sea nuestra situación, podemos simplemente pensar en Dios y pronunciar una breve oración. Si lo practicamos a diario, fomentaremos el amor a Dios y lo tendremos presente. En la próxima columna, exploraremos cómo incorporar estas oraciones breves a nuestro día.
Maria Cintorino es licenciada en teología. Sus escritos han aparecido en varias publicaciones, como Homiletic and Pastoral Review, Our Sunday Visitor y National Catholic Register.