El Misterio Pascual en la liturgia y los sacramentos
Si tuviéramos que pensar en qué doctrinas de la Iglesia son las más esenciales para nuestra fe, podríamos imaginar que, a la cabeza de esa lista, encontraríamos las de la Trinidad y Encarnación de Cristo. Sin embargo, hay otra que merece figurar entre las más trascendentales para nuestra fe: el Misterio Pascual. Se trata, después de todo, de la obra redentora de Cristo, realizada “principalmente por el misterio pascual de su bienaventurada pasión, de su resurrección de entre los muertos y de su gloriosa ascensión”, mediante la cual “con su muerte destruyó nuestra muerte y con su resurrección restauró nuestra vida” (Catecismo de la Iglesia Católica 1067).
Si tuviéramos que pensar en qué doctrinas de la Iglesia son las más esenciales para nuestra fe, podríamos imaginar que, a la cabeza de esa lista, encontraríamos las de la Trinidad y Encarnación de Cristo. Sin embargo, hay otra que merece figurar entre las más trascendentales para nuestra fe: el Misterio Pascual. Se trata, después de todo, de la obra redentora de Cristo, realizada “principalmente por el misterio pascual de su bienaventurada pasión, de su resurrección de entre los muertos y de su gloriosa ascensión”, mediante la cual “con su muerte destruyó nuestra muerte y con su resurrección restauró nuestra vida” (Catecismo de la Iglesia Católica 1067).
Aunque las definiciones tradicionales lo delimitan como algo que incluye la pasión, muerte, resurrección y ascensión de Cristo, de hecho, el Misterio Pascual abarca todo lo que Cristo hizo para redimirnos. La Tradición de la Iglesia da testimonio de que somos redimidos (salvados) tanto por la Encarnación de Cristo como por su muerte en el Calvario. Al asumir nuestra naturaleza humana, Jesús se une a nosotros de forma irrevocable, comenzando ya a deshacer la separación entre Dios y la humanidad causada por nuestra pecaminosidad. Al asumir nuestra carne, Jesús nos hace “partícipes de la naturaleza divina” (CIC 460). Por eso, el Catecismo nos recuerda que las fiestas en torno al misterio de la Encarnación (Anunciación, Navidad y Epifanía) “conmemoran el comienzo de nuestra salvación y nos comunican las primicias del misterio de Pascua” (CIC 1171).
Los acontecimientos por los que Cristo logró nuestra salvación son hechos históricos. Pero la Iglesia dice que se distinguen de otros acontecimientos históricos de una manera muy importante: el Catecismo nos dice que, mientras que “todos los demás acontecimientos suceden una vez y luego pasan”, el Misterio Pascual “no puede permanecer solamente en el pasado”, porque esos acontecimientos participan “de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente” (CIC 1085). Pero ¿cómo se nos hacen presentes estos acontecimientos salvíficos?
La liturgia
Mediante el poder del Espíritu Santo, la Iglesia Católica proclama, celebra y hace presente el Misterio Pascual en su liturgia y sacramentos. La liturgia no se limita a recordar lo que Cristo ha hecho por nosotros, sino que actualiza su obra salvadora. Nos permite participar en sus acciones salvadoras y experimentar la transformación a través de su gracia y su Presencia Real.
En la liturgia, Cristo está presente en la asamblea: “Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos” (Mt 18,20). Está presente en la proclamación de las Escrituras. Cristo también está realmente presente a través del sacerdote, que actúa in persona Christi capitis (en la persona de Cristo Cabeza) al presidir la liturgia y, más específica y plenamente, durante la Plegaria Eucarística, cuando el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Jesús.
El Papa Francisco enseñó en su Carta Apostólica Desiderio Desideravi de 2022 que la liturgia, al hacer presente el Misterio Pascual, nos ofrece un encuentro con Cristo vivo que nos salva. Escribió: “No nos sirve un vago recuerdo de la Última Cena, necesitamos estar presentes en aquella Cena, poder escuchar su voz, comer su Cuerpo y beber su Sangre: le necesitamos a Él” (11).
Los sacramentos
Los sacramentos fueron instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia. No son simples recordatorios de la acción salvadora de Cristo; son los signos eficaces de la gracia que realmente hacen lo que significan. Son los medios a través de los cuales la obra salvadora de Cristo se hace tanto accesible como experimentable para las personas en todo tiempo y lugar, mediante el poder del Espíritu Santo.
Cada sacramento nos transforma en el presente al mediar los frutos del Misterio Pascual. Si observamos detenidamente los sacramentos, veremos que cada uno de ellos aplica el Misterio Pascual a nuestras vidas de manera particular. Veamos algunos ejemplos. Hablando del bautismo, San Pablo escribe: “¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva” (Rm 6,3-4). En la reconciliación, durante la oración de absolución, el sacerdote reza: “Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y ha derramado el Espíritu Santo para la remisión de los pecados”. En las palabras de consagración de la Misa, el sacerdote repite las palabras de Jesús en la Última Cena, hablando de su Cuerpo que será entregado y de su Sangre derramada para el perdón de los pecados, una referencia a lo que hará con su muerte en la Cruz.
El Papa Francisco observó que “en todos los Sacramentos se nos garantiza [énfasis añadido] la posibilidad de encontrarnos con el Señor Jesús y de ser alcanzados por el poder de su Pascua” (Desiderio Desideravi 11).
Para reflexionar
Considere pasar un tiempo en oración meditando sobre lo siguiente:
Cuando se mira un crucifijo, se comprende cuánto le amaba Jesús entonces. Cuando se mira a la Eucaristía, se comprende cuánto le ama Jesús ahora.
Doug Culp es el director de operaciones de las Obras Misionales Pontificias de Estados Unidos.