San Clemente I de Roma
c. 35–100 d. C. | Festividad: 23 de noviembre
Aunque muchos católicos quizá no estén familiarizados con la vida de San Clemente de Roma, todos hemos escuchado su nombre en la Misa. En la Plegaria Eucarística I del Misal Romano aparece una lista de los papas y mártires de la Iglesia primitiva: “Lino, Cleto, Clemente, Sixto, Cornelio…”. Ese Clemente es el que celebramos hoy.
Como vivió en el siglo I d. C., no se conoce mucho sobre él. Aunque los historiadores de la Iglesia primitiva difieren en algunos detalles, sí sabemos que Clemente fue uno de los primeros sucesores de san Pedro. Se le considera el primero de los “Padres Apostólicos”, los escritores y teólogos más antiguos que dieron forma a los primeros siglos de la vida de la Iglesia.
Tertuliano (155–220 d. C.) escribió que Clemente había sido ordenado por el mismo san Pedro. Eusebio (c. 260–339 d. C.) mencionó a Clemente como “colaborador” de san Pablo, basándose en la referencia a un Clemente en su Carta a los Filipenses: “También te ruego… que las ayudes, ya que ellas lucharon a mi lado por el Evangelio junto con Clemente y demás colaboradores míos” (Flp 4, 3). Estudios más recientes sugieren que la referencia de san Pablo se refería a otra persona. Con todo, lo que emerge es la imagen de un hombre muy cercano a los Apóstoles.
Su carta a los Corintios (escrita hacia 95–97 d. C.) es contemporánea de muchos textos cristianos primitivos que hoy forman parte de la Biblia. De hecho, la carta de Clemente a los Corintios se leía en algunas comunidades cristianas junto con las cartas de san Pablo, una clara señal de la autoridad que se le reconocía. Esta carta es uno de los testimonios más claros y antiguos de la sucesión apostólica y de la autoridad del Obispo de Roma. Como tal, da testimonio de que estas enseñanzas han sido siempre parte de la fe apostólica y no una invención posterior.
San Clemente fue martirizado en los años 99 o 100 d. C., durante el reinado del emperador Trajano. Según la tradición, sus reliquias fueron llevadas más tarde por Cirilo de Roma para descansar en la hermosa Basílica de San Clemente, en Roma, que cuenta con un exquisito complejo arqueológico subterráneo con ruinas que datan del siglo I.